Lo vivido y lo sucedido

UNA CARTOGRAFÍA DEL RECUERDO
Buenos Aires del 1998 al 2015

 

 

LO VIVIDO

Desde finales de 1998, y durante dos años y medio, desarrollé sobre la pared del baño de mi casa-estudio de la calle Trelles, en el barrio porteño de Caballito, un mapa vivencial. Un diario cartográfico donde anotaba los sucesos que consideraba relevantes mediante códigos de formas y colores. Al marcharme de la ciudad, en junio del 2001, tome registro fotográfico que, con el traslado, quedó en el fondo de alguna caja. Durante catorce años me olvidé del mapa donde quedaba anotado gran parte de lo vivido den Buenos Aires.

Fotografía intervenida
70 x 70 cm
Buenos Aires
1998-2001

LO SUCEDIDO

A partir de la existencia de este registro de vivencias construí, catorce años después, una cartografía del recuerdo. Durante los meses de abril y mayo del 2015 me obligué al recuerdo y su anotación sobre un mapa de Buenos Aires. Solo al término de esta relevación del recuerdo recuperé el mapa vivencial para, a partir de los mismos códigos gráficos utilizados en él, trazar una cartografía del recuerdo. Una cartografía de lo que había sucedido.

Collage y técnica mixta sobre papel
70 x 70 cm
Barcelona
2015

 

LEYENDAS

Significado de la iconografía

 
 

Collage y técnica mixta sobre papel
21 x 50 cm
Barcelona
2015

 

Ubicación de las cartografías sobre un mapa de Buenos Aires

Foto documento de la instalación en su lugar original

 
 
 

TEXTOS

Además de la agenda visual, entre 1998 y 2001 escribía breves textos sobre los acontecimientos que consideraba más relevantes. Del mismo modo que con las cartografías, el 2015 escribí lo que recordaba de algunos de aquellos acontecimientos vividos.


El ‘telo’

LO VIVIDO

LO SUCEDIDO

A D. le pareció gracioso el nombre del ‘telo’: Rampacar. Haciendo gala del nombre, llegabas con el coche hasta la puerta de la habitación. Se trataba de uno de esos hoteles por horas con habitaciones temáticas. Supongo que la que nos tocó quería ser una invitación al sexo anal: decorado con figuras griegas de yeso coloreado me recordó la obra de cierto periodo de Hans-Peter Feldman (un artista al que admiro y cuya obra conocí, sin embargo, años después en la Fundación Tàpies de Barcelona). Disponía de una bañera redonda, espejo sobre la cama -recuerdo haber visto nuestros cuerpos en el espejo del techo en el vídeo que grabó D.- y un artefacto con aspecto de bicicleta estática supuestamente pensado para facilitar el sexo en diferentes posturas.

Mientras follábamos D. parecía feliz grabándolo todo con la cámara de vídeo que le había regalado. Me dio una copia de la cinta que pasé a DVD en un laboratorio fotográfico cuando regresé a Barcelona y que nunca fui a recoger.


El ‘telo’

LO VIVIDO

LO SUCEDIDO

Llovía a mares. Me llamó a casa y fue directa: “Si querés coger conmigo ha de ser esta noche: he discutido con M. y lo he dejado, pero mañana pienso arreglarlo”. Supongo que de este modo no le causaba conflicto. En cualquier caso me alegré: teníamos algo pendiente desde que llegué a la ciudad.

No recuerdo si tuvimos sexo, de hecho no recuerdo su cuerpo salvo su sexo y, en verdad, lo recuerdo (o he reconstruido una imagen) por algo que me repitió varias veces: “tengo los labios tan grandes porque me masturbo mucho”.


La culpa

LO VIVIDO

LO SUCEDIDO

Fui con mi hijo B. a una tienda de muebles en Juan B. Justo. Hacía poco que me había separado de C. sin llevarme absolutamente nada de la casa. Aunque por el tipo de vivienda que había alquilado no pensaba montarme una casa al uso -en verdad no sé qué pensaba montarme- necesitaba algún mueble. Fuera lo que fuese lo que compré necesitaba una furgoneta para el traslado. Hacía fresco, pero no demasiado, ya era oscuro y se veían las estrellas. Me pareció buena idea hacer el trayecto con B. en la parte trasera de la ranchera, al aire libre. Pensé que al chico le gustaría. Y fue así, pero solo me di cuenta de cuánto cuando el conductor dijo que no y no le discutí. Me sentí como si fuera un niño al que han pillado en una trastada. Incluso me avergonzó haberlo propuesto. B. se pasó llorando desconsoladamente todo el trayecto. Quería ir detrás. Solos. Su padre y él. A mí también me dieron ganas de llorar, pero no lo hice.


El accidente

LO VIVIDO

LO SUCEDIDO

Era de madrugada. Estaba en mi estudio cuando un fuertísimo estruendo, seguido por el ulular de una sirena me hizo saltar de la silla. Inmediatamente, pensé en mi coche estacionado en la puerta; pero… no tenía alarma. A los pocos minutos tocaron el timbre. Al abrir encontré mi coche destrozado: había recibido un fuerte impacto trasero haciéndole chocar, a su vez, con un utilitario estacionado delante. A unos cincuenta metros, cruzado en medio de la calle con las puertas delanteras abiertas, se encontraba el culpable: un taxi Peugeot 405. Era robado y los ocupantes, perseguidos por la policía, habían escapado a la carrera. El dueño del utilitario era quien había llamado a mi puerta, su pequeño vehículo tenía más desperfectos que mi viejo Ford Falcon del 78. Más afectado que yo -que, fundamentalmente, estaba desconcertado- me propuso poner juntos la pertinente denuncia en comisaría.

Mientras hacía el atestado el policía sugirió que debería cambiar el coche por uno más moderno y me ofreció algunos de los que tenía el depósito. Siguiéndole la corriente fuimos a verlos. Me di cuenta de que mi instinto periodístico estaba valorando la situación en clave europea y que aquella no era una buena historia-en-aquella-ciudad-en-aquel-momento.

Me recuerdo regresando a casa aquella noche de primavera con la sensación de que vivía en la ciudad donde quería vivir.


La policía

LO VIVIDO

LO SUCEDIDO

Debía ser mediodía. Acompañado por mi amigo J. de paso en la ciudad, nos dirigíamos al centro en mi Ford Falcon rojo. J. estaba preocupado por los altos niveles de violencia que se le atribuían a Buenos Aires. En plena Av. Corrientes, frente al centro comercial Abasto y mientras le aseguraba que su preocupación era injustificada, un coche de la policía nos daba el alto a punta de pistola. Mientras salíamos manos en alto, un nutrido grupo de federales, notablemente alterados, nos rodeaba apuntándonos con sus armas. La situación, sumada, supongo, a los lógicos nervios, me hizo soltar una carcajada, generando desconcierto e irritación en los policías y aumentando, en suma, la peligrosidad de la situación. El desconcierto pareció aumentar cuando me dirigí a ellos con marcado acento español: evidentemente se habían equivocado de coche. Guardaron sus armas y retirándonos la atención hablaron entre ellos y nos dieron orden de seguirles con el coche. Giramos en la primera calle y reduciendo la velocidad a paso de persona circulamos un par de calles más, como si dudasen sobre qué hacer. Finalmente se detuvieron. Mi amigo, todavía muy nervioso, preguntaba qué sucedía. Cuando vi al conductor salir del vehículo policial y dirigirse sonriendo hacia nosotros metí la mano en mi bolsillo y saqué un billete de veinte pesos de la billetera.

 
 
 

EXPOSICIONES Y ADAPTACIONES EDITORIALES

‘Lo vivido y lo sucedido’
Fundación Telefónica Buenos Aires
2015

 
 

Courrier International
Dos páginas
Francia
2015

La Vanguardia
Cuatro páginas
España
2016

Pre/Ocupaciones
Grupo Focus
Catorce páginas
España
2016

Leer texto que acompaña la publicación de la pieza:

La banalidad
del recuerdo

 
 

 
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